Por: Tomás Rueda

Pasado ya un año y teniendo el tiempo de pensar en el impacto que ocasionó su muerte, hago una pequeña reflexión, a mi parecer, del gran legado que dejó, pues mas allá de su fama mediática hay mucho más. Nos mostró que existe la buena comida más allá de los comedores de mantel. En muchos lugares se puede comer bien y en la calle también. La buena comida no solo está en manos de los chefs, está por todos lados. Es tan solo una cuestión. Encontraremos buena comida si aprendemos a relajarnos y nos acercamos a ella con una actitud llena de alegría. Eso nos enseñó Bourdain, a desparpajarnos y a crear una relación consciente con el alimento, a relacionarnos con este de una forma alegre. Nos mostró, de cierta forma, una especie de nuevo protocolo de la mesa. No con respecto a la etiqueta, si no más bien al respecto a la ética de la mesa, puede ser y sin que él se diera cuenta, sucedió. De adoptar una actitud hacia ella y a la forma de aproximarnos a ella. De compartir, de rodearnos, de celebrarnos. Y seguramente esto último que voy a decir, no será claro y por ende tal ves no se comprenderá muy bien; Bourdain hacía de la mesa un espacio sagrado. Anthony era y es un maestro de ceremonia, de la mesa, de la comida, de la amistad, de lo habitual. También nos señalo algo muy importante y no tan fácil de ver. Tanto en sus libros y en sus variadas opiniones, siempre realzó la importancia del cocinero raso. Ese que está detrás de la mesa del pase. Escondido. Tras bambalinas. Ese que muele día y noche. Ese que no sale en las “carátulas” de las revistas, pero que hace posible que todos nosotros podamos sentarnos a disfrutar de la comida y de nuestros amigos en una mesa de cualquier restaurante, casa o de cualquier lugar en el mundo.

Para ver la crónica completa de la visita de Anthony Bourdain a La plaza de Paloquemao y Tábula junto a Tomás Rueda haga click en el siguiente link:

http://elorigendelacomida.co/2013/04/26/anthony-bourdain-y-la-francachela-food/