Sabemos que la trucha no es del gusto de todos, normalmente sabe a tierra, a fondo de greda. Y esa es la razón por la que no nos gusta, la verdad sabe regular.
 Hace unos años, cuando supimos de la crisis del salmón, que se estaba enfermando por el mal manejo de su crianza y además que necesitaba recorrer un largo viaje en avión para llegar a nuestros sartenes, nació en nosotros una inquietud: ¡Tenemos que sacar el querido salmón de la carta! ¿Y ahora qué vamos a hacer? 
Y  la respuesta que encontramos años después, la obtuvismos en el santuario de fauna y flora de Guanentá, en el alto del río Fonce, en unos pozos naturales de baja densidad llenados por aguas de nacimiento, encontramos a un grupo de amigos conscientes del impacto que generan nuestras acciones. Responsables de cuidar y proteger nuestra naturaleza, han iniciado una magnífica labor: la crianza de una trucha exquisita, deliciosa, sin uso de químicos y antibióticos. Una trucha casi salvaje que no flota, truchas que tienen el espacio para hacer lo que saben hacer, nadar!

Tomás F. Rueda

Foto: Lucho Mariño